Laura busca su límite

Ella estaba preparada. Al fin llegaba el día.

Laura había probado poco a poco cada vez más, pero su naturaleza era insaciable.
Quería en esta ocasión conocer sus límites.

Su marido había sido quien la impulsara a probar cada vez más. Él le creaba las necesidades.

Al principio de su matrimonio ellos pasaban días y días encerrados probándose uno al otro, siempre sintiendo nuevas caricias; y lo que en un principio era sencillo, se fue volviendo para los dos una necesidad de buscar cosas nuevas.

Le habían ordenado el día anterior aplicarse un enema con agua fría para lavar bien sus intestinos y después se metió a la tina a darse un largo baño, era principios de verano y el calor era fuerte.

Había recibido un paquete con un mensajero con lo que debería de llevar puesto. Así, a las 7 de la tarde se preparó meticulosamente para lo que le esperaba.

Se puso un par de medias blancas con ligas a los muslos, una tanga pequeña también en blanco transparente y un brasier en juego. Sobre esto llevaba un camisón también blanco en tela satinada con filos negros que le ajustaba marcando bien su esbelta silueta, era bastante corto y cubría solamente la mitad de sus muslos. Tenía diminutos tirantes. El toque final lo daban unas zapatillas blancas.
Lucía muy atractiva. Con su cabello dorado suelto, ojos verdes, piel bronceada, hermosas piernas bien torneadas, muslos marcados, pechos medianos y firmes y nalgas redondas que se marcaban bien con el camisón que llevaba puesto.

El chofer que pasó a buscarla tenía la orden de mantenerla con los ojos vendados; así, en cuanto ella subió al coche le vendó los ojos.

A Laura le gustaba ser sodomizada y en alguna ocasión hasta tuvo una doble penetración. Pero esto iba a ser diferente.

La puerta se abrió y fue conducida a un salón amplio donde había varios artefactos colocados en las paredes, una mesa redonda giratoria como de un metro de diámetro con correas fijas en la superficie, una plancha acojinada rectangular con una inclinación de unos 45 grados con correas en las 4 patas y una mesita con consoladores de diferentes tipos y
tamaños y varios pares de pinzas. Del techo colgaban argollas para sujetar.

La esperaban en el salón 4 hombres de entre 35 y 45 años.
Laura estaba muy nerviosa, deseaba experiencias nuevas pero no tenía ni idea a qué iba ni con quién. Todo fue un misterio y así ella lo aceptó.

Al llegar le ofrecieron algo de beber, no supo que fue, pero comenzó a sentirse más relajada, mientras los cuatro hombres comenzaron a acariciarla.

Empezaron a tocarle los pechos sobre el brasier transparente y el camisón que dejaban ver la protuberancia de sus pezones. Unos pezones bien formados y grandes que con las caricias que le estaban dando comenzaron a ponerse duros.
También le empezaron a meter las manos debajo del camisón, tocándole los muslos y subiendo poco a poco.

Las manos de los hombres recorrían todo su cuerpo, sintió como traspasaban su tanga y le acariciaban el clítoris y labios, igual sintió como un dedo penetraba suavemente su ano.
Laura se fue entregando a las caricias, se sentía muy excitada, no podía ver nada, pero las caricias la hacían ponerse cada vez más mojada.

Notó que algo comentaban los hombres y de pronto se detuvieron las caricias.
La desvistieron y su hermoso cuerpo quedó sólo con las medias y los tacones.
Le ordenaron abrir completamente las piernas, cosa que ella hizo, pero todavía ellos forzaron un poco más hasta lograr unos 5 ó 6 centímetros extras.
Le amarraron los tobillos a una barra metálica con las piernas completamente abiertas, con lo que le era imposible ni tratar de juntar las rodillas.

De igual manera, le amarraron las muñecas a otra barra que tenía unas cuerdas largas de cada lado, para dar la altura que fuera necesaria. Las cuerdas de la barra las pasaron a través de las argollas que estaban colocadas en el techo y las tensaron, dejando a Laura con los brazos en alto y el cuerpo completamente estirado.

En esta posición quedaba toda su intimidad expuesta e indefensa. Quedaba totalmente a merced de sus 4 verdugos. Con todo esto, ella se sentía muy excitada y sólo trataba de adivinar qué seguiría.

Oyó unos ruidos en el salón y de pronto sin más ni más sintió como el primer golpe llegaba a su piel, uno de los hombres había tomado la fusta y comenzó a darle a Laura golpecitos firmes pero suaves en el interior de los muslos y en las redondas nalgas.

Otro de los hombres comenzó a tocar sus pechos y a morder los pezones. Cada vez más fuerte. Después de esto, le colocó unas pinzas que presionaban sus pezones, con la idea de que Laura fuera poco a poco saboreando el dolor.

El tercero y cuarto hombre estaban tocando toda la intimidad de Laura; metiendo y sacando sus dedos del ano y vagina, chupando, jalando y sobando su clítoris y labios internos y externos, que en esta posición quedaban completamente expuestos y eran muy notorios.
Sentía gran placer que se combinaba deliciosamente con el dolor bien medido que le estaban proporcionando.

Ella nunca había tenido una experiencia de éste tipo. Ni conocía la sensación de dolor aunada al placer.

Estaba completamente mojada y con sus jugos se le mojaba la parte interna de los muslos. A este punto, los 4 hombres estaban completamente listos con sus grandes y duras protuberancias que querían salir de sus pantalones. Comenzaron a desvestirse y quedaron totalmente desnudos con las grandes vergas completamente paradas.

Sintió Laura que las cuerdas que tensaban sus brazos comenzaron a bajar, permitiéndole quedar inclinada hacia el frente donde una mano le agarraba la cabeza y se la posicionaba, encontrándose su boca con la herramienta grande y dura que la estaba esperando.
Ella comenzó a mamar con gran placer.

También sintió algo frío que le untaban en la entrada del culo y abriéndole las nalgas comenzó a sentir una gran presión; al mismo tiempo, sintió una lengua caliente y húmeda que la acariciaba y presionaba queriendo penetrar en su vagina.
El cuarto hombre cambió las pinzas de los pezones por unas con más presión, Laura sintió dolor y dió un pequeño grito; sin embargo, con tantas manos tocándola de tan diferentes maneras el dolor se le hacía intenso pero soportable y la excitaba cada vez más.

La presión en el culo cada vez era mayor y sentía cómo se estaba dilatando su interior. La estaba penetrando un tapón anal. De pronto sintió un dolor que la sorprendió cuando unas
pinzas se agarraban de sus labios externos, dejando totalmente abierta la entrada de su vagina, pues comenzaron a tensar las pinzas sujetas a un cordón que amarraron a cada uno de los extremos de la barra que sujetaba sus piernas.

Ya sin nada que bloqueara la entrada a la vagina uno de los hombres tomó un consolador de la mesita de junto, eligió el más grande, de unos 25 cms. de largo y 16 de grosor, con vibración.

Laura sintió primero como la lengua húmeda tocaba nuevamente su clítoris y entraba y salía de su vagina acompañada de pequeñas mordidas y buscando penetrar cada vez más. Estas caricias aunadas al dolor de sus pezones, el tapón anal que le estaban metiendo y sacando por el culo que aún no penetraba completo dado al gran tamaño de éste, ella mamando la verga y todos sus sentidos exacerbados, la mantenían verdaderamente caliente.

De pronto comenzó a sentir una gran presión en su vagina y con gran excitación fue aceptando el gran consolador que le estaban metiendo. Al principio estaba aún bastante cerrada en su interior, pero con gran habilidad el hombre que la estaba masturbando fue logrando abrirla poco a poco y ella sentía enormes oleadas de placer.
Cuando tenía el consolador totalmente encajado, el hombre que lo controlaba decidió encenderlo, provocando en Laura una sensación demasiado intensa, que le era difícil soportar.

Ya con la parte interior de sus muslos y nalgas bastante sensibles y enrojecidos por los golpes recibios, las piernas totalmente abiertas, las pinzas tensando sus labios vaginales que la dejaban completamente abierta, con el consolador vibrando entrando y saliendo de su interior, con pinzas en los pezones, mamando verga, las manos atadas, el tapón anal que al fin la penetraba completa con su enorme diámetro que comenzaba en 12 cms. e iba aumentando hasta alcanzar los 16 cms. y 17 cms. de largo, Laura se sentía que no podía más.

Al momento sintió una descarga eléctrica que la sacudió y la hacía tomar conciencia nuevamente. Las pinzas en los pezones y labios estaban conectadas a una fuente de corriente. Laura se daba cuanta realmente de su situación. Era la esclava de los cuatro hombres y tenía que aceptar lo que ellos decidieran hacer con ella. Estaba totalmente imposibilitada de renunciar desde el momento mismo que había llegado a esta casa.

Sus verdugos le advirtieron en ese momento que ella tenía que hacer que ellos se corrieran uno a uno en su boca, por turnos de no más de 10 minutos cada uno. Si en este tiempo ella no lograba hacer que se corrieran la iban a castigar aplicándole una descarga de toques por cada minuto adicional que ella no lo lograra.

Ella pensó que le iba a ser difícil lograrlo en este tiempo, ya que al tener las manos atadas, sólo podía disponer de su habilidad de mamadora.

Comenzó con el hombre que la estaba masturbando con el vibrador, él metió nuevamente su gran instrumento en la boca de ella y comenzó a cogersela. Laura se esforzó en hacer un gran trabajo, otra vez lo recibió con gran placer en su boca, lo metió hasta su garganta, comenzó a meterlo y sacarlo aplicando más presión en la punta, lamiéndolo, succionando y deseosa de poder tocar y acariciar las bolas y la base.

Por supuesto que los hombres que pusieron las reglas no tenían ninguna intención de terminar rápidamente. En verdad estaban gozando de la mujer que tenían para ellos y de su propio placer que querían prolongar lo más posible.

El tiempo voló para Laura y de pronto sintió otra descarga en pezones y labios. Eran intensos; sin embargo, ella estaba preparada y dispuesta a dejarse llevar hasta donde ellos quisieran sin quejarse ni objetar, pero el dolor la hizo recordar que no sólo era placer, sino que seguiría siendo castigada si no cumplía a tiempo con su tarea.

El dolor que sentía Laura iba acompañado de una gran excitación, ella pensaba en cómo lucía y que estaba totalmente expuesta en vagina, nalgas, culo, pechos y boca delante de 4 hombres que ella ni siquiera había visto y que podían hacer con ella lo que quisieran para hacerla conoce y llegar a sus límites. Ése había sido el acuerdo que ella había aceptado días antes y que ahora era una realidad que estaba viviendo intensamente.

Al fin, el primer hombre se corrió y un chorro de semen inundó la boca y garganta de ella, tragó toda la leche y le ordenaron que tenía que dejarlo completamente limpio. Así es que con su lengua fue limpiándolo y succionándolo hasta dejarlo nuevamente listo.

Con el vibrador entrando y saliendo de su vagina sentía grandes deseos de correrse, pero le habían advertido que no le estaba permitido. Cuando se le ocurrió decirlo a sus verdugos éstos le dijeron que sería severamente castigada por el sólo hecho de pensar hacerlo sin su permiso.

Al momento que se colocó frente a ella el segundo hombre para cogersela por la boca, le sacaron el vibrador de la vagina. Ella comenzó a chupar, succionar, lamer y acariciar de la mejor manera posible el nuevo miembro que parecía aún más grande que el anterior, pues le parecía más difícil aguantarlo adentro de su boca, no le parecía más largo, pero sí más grueso y bloqueaba su garganta.

Estaba haciendo un gran esfuerzo por tragárselo hasta la garganta sin ahogarse, cuando de pronto sintió un golpe firme con una pala plana en plena entrada de vagina y clítoris que la hizo brincar de sorpresa y dolor. A este primer golpe le sucedieron muchos más y le dejaban la entrada vaginal y clítoris con una gran sensibilidad y adoloridos, pero la respuesta de su cuerpo fue que se le empezó a poner el clítoris duro; señal inequívoca de su gran excitación; sin embargo, después de unos 30 golpes comenzó a pensar que no podía aguantar más. Cada uno le parecía más inaguantable que el anterior y comenzó a suplicar que no le dieran más, pero se le olvidó que tenía frente a ella una tarea que cumplir con tiempo limitado y de pronto sintió nuevamente los toques en pezones y labios que le recordaron su estado de esclava total sin opción de renunciar a nada.

Se esforzó y concentró en hacer correrse al hombre frente a ella, pero de pronto sintió otra descarga eléctrica y al mismo tiempo un chorro de semen le azotaba la cara y boca.
Al igual que con el hombre anterior, ella tuvo que asegurarse de dejarlo completamente limpio.

Con el tercer hombre tuvo más suerte, logró terminar antes del tiempo establecido y no tuvo sorpresas de castigos, además detuvieron los golpes que le estimulaban el clítoris y le permitía relajarse un poco para no correrse.

El cuarto hombre fue otra sorpresa, en esta ocasión le ordenaron a Laura sentarse en una silla que ellos le acercaron. Ella tenía las piernas totalmente abiertas y ellos le ayudaron
poco a poco a bajar, hasta que fue sintiendo cómo a medida que ella se acomodaba para sentarse una gran verga metálica quería penetrar en su interior, ella ya estaba totalmente abierta y sin embargo no podía lograr que entrara la inmensa verga que estaba firmemente sujetada a la silla.

Laura les sugirió entonces que cambiaran ese castigo. Pero los hombres no estaban dispuestos a hacerlo, habían hecho un acuerdo y ellos la iban a forzar a cumplir.
Después de muchos intentos sin éxito por clavarla en la gran verga, la levantaron nuevamente y sacaron de su culo el tapón anal, frotaron su clítoris duro y mojado y comenzaron a sentarla nuevamente en la gran verga metálica que con mucha excitación ahora sí lograba meter completamente en su cavidad, y para sorpresa de ella comenzó a moverse en su interior con fuertes vibraciones.

Mientras esto sucedía, el cuarto hombre en su boca gozaba de las deliciosa mamadas de Laura, y ella recordó que se tenía que apurar si no quería más descargas en pezones y labios, pero ya era tarde, en eso estaba, cuando recibió nuevamente la descarga, pero esta vez, el hombre que la impartía gozaba haciendo el castigo más largo para ella. Laura gritó esta vez y se retorció y siguió mamando hasta que el hombre en su boca terminó casi ahogándola con la gran cantidad de leche y la tremenda verga que tenía, la más grande de todos, verdaderamente descomunal, con lo que dejaba a Laura con un fuerte dolor de maxilares, por forzar demasiado para abrir y poderlo aceptar.

Cuando terminó de limpiar al cuarto hombre, la tomaron de la cintura y la levantaron nuevamente, sintió un gran alivio pues la gran verga metálica la estaba llevando al borde para correrse y sabía que si lo hacía sería nuevamente castigada.

Pero su alivio duró muy poco, pues la levantaron y sacaron la gran verga de la vagina y se dio cuenta que le esperaba un reto mayor. Esta vez sus verdugos querían probar la capacidad de ella por el orificio trasero.

La inclinaron hacia el frente y sintió primero unos dedos húmedos que la penetraban, quizá dos ó tal vez tres, que luchaban por entrar en su culo, presionaban y giraban dentro de ella, esforzándose por llegar lo más adentro posible. Después otros dedos se metieron también en ella, y entre las dos manos empezaron a tensar su entrada, queriendo hacerla más grande, jalando cada mano en diferente dirección.

También sintió dedos entrando y saliendo de su vagina, jalando, sobando, acariciando su clítoris y labios internos y externos y jugando con sus pechos.

Laura enloquecía de placer y pedía más y más. Esta entrega de su cuerpo era algo que ella siempre había deseado, que jugaran sin límites con su cuerpo, con sus orificios, sin medida, sin respeto y a éstas alturas sin reservas ni vergüenza de ella.

Los hombres notaron que ella estaba en un estado de excitación máximo y decidieron que era el momento de llevarla otra vez al límite.

Sacaron sus manos del culo de ella y comenzaron a sentarla en la gran verga metálica. Ella nunca había recibido algo tan grande ni por vagina ni por culo, y si le había sido tan difícil
por la vagina, estaba preocupada de pensar si iba a ser capaz de comerse semejante herramienta por su orificio trasero.

Como de cualquier manera no tenía alternativa decidió que era mejor relajarse y tratar lo mejor posible de aceptar lo que le esperaba.

Los hombres encendieron la verga metálica y ella comenzó a sentir como penetraba poco a poco en su ano. Ellos la iban sentando y levantando para permitir que ella se abriera y se excitara lo suficiente para que no le fuera tan doloroso y lograra aceptarlo todo, al mismo tiempo sentía cómo los hombres que la trabajaban en clítoris, vagina y pechos seguían acariciándola, sobándola y mordiéndola con gran maestría.

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Laura se sentía tan caliente como nunca en su vida, a la vez que el dolor en su culo se intensificaba cada vez más, mientras más avanzaba la penetración con la gran verga metálica.

Ella jadeaba, gritaba, y ya no podía más, estaba a punto de correrse y no le era permitido, ella enloquecía de dolor y placer y los hombres seguían manejándola con un movimiento hacia arriba y abajo penetrándola cada vez más.

Cuando estaba casi totalmente encajada, la dejaron caer sentada y ella quedó con la verga metálica totalmente clavada en su culo. La hizo gritar un intenso dolor, que se le confundió al momento de sentir otra vez la corriente eléctrica en pezones y vagina.
Creyó que esto era más de lo que ella jamás imaginó pudiera soportar.

Sin embargo, ésta parte de la prueba había terminado. Le quitaron las pinzas de pezones y labios y le desamarraron las muñecas y los pies. La ayudaron a levantarse poco a poco y se fue liberando de la enorme verga que la atravesaba.

Era un gran momento de descanso y moviendo sus manos y piernas se sintió más relajada.
Con todo lo que le habían hecho sentía que su cuerpo estaba al nivel máximo de sensibilidad. Aunque era evidente su alto grado de excitación, ella se preguntaba temerosa, qué nuevas experiencias probaría esta noche.

Y en efecto, la estaba esperando otra difícil prueba.

Ahora la condujeron hacia la plancha rectangular y angosta y la acostaron boca abajo, con el culo más en alto y totalmente abierto y amarraron sus tobillos a las patas de la plancha, quedando con las piernas bien abiertas aunque no totalmente tensas.

Ellos buscaban que ella sintiera lo más posible, para eso estaban ahí, así es que en esta posición le fueron metiendo cubos de hielo por el culo y vagina y así lograron que ella estuviera cerrada nuevamente.

El frío del hielo la sorprendió y le dio una agradable sensación que nunca había sentido, a la vez que el hielo cumplía con el propósito de cerrar sus orificios.

Ellos limpiaron el agua que salía y escurría de su culo y vagina, y aprovecharon para dejarla totalmente limpia otra vez.

Ya que estaba lista, se colocó uno de los hombres debajo de ella y la penetró con su hermosa herramienta dura y gruesa, mientras otro de ellos comenzó a meter su lengua por el culo.
El tercero se colocó a la altura de su cabeza y le indicó que comenzara a mamar nuevamente su verga erecta.

Ella sintió gran placer y el hombre que le chupaba el culo, ahora también le metía y sacaba los dedos que de vez en cuando también forzaban la entrada de la vagina, donde se encontraban con la otra gran verga.

Esta sensación de manos y vergas tenía loca a Laura otra vez y nuevamente ella pedía más y más.

El hombre que chupaba su culo decidió meterle su dura herramienta, la más grande de todas y ella comenzó a sentir como poco a poco la abría esta inmensa espada caliente que aunque le provocaba dolor ella deseaba aceptar completa.

El dolor desapareció y solo quedó el placer. Empezó a acostumbrarse a esta sensación y al movimiento de los hombres entrando y saliendo de su boca, vagina y culo, pero faltaba el cuarto hombre y él también estaba listo y dispuesto a gozar de Laura.

En este momento él se unió al hombre que la penetraba por el culo y comenzó a forzar la entrada vaginal de ella que ya estaba ocupada por la otra gran verga. Aún así, poco a poco fue abriendo camino en el interior de la vagina.

Ella se sentía tan llena de vergas, que pensó que la iban a reventar, era doloroso, pero acompañado de una excitación en este momento indescriptible.

Chupaba y succionaba con más fuerza la verga que tenía en la boca, sentía una locura dentro de ella, sensaciones jamás imaginadas. Jadeaba, gritaba, gemía, suplicaba. No sabía como entregar más de ella al placer y a estos hombres que la hacían enloquecer como nunca imaginó.

Así pasaron un gran rato cambiando posiciones, hasta que se le permitió a ella correrse, en el mejor momento, pues le era imposible aguantar más.

Fue un orgasmo intenso y prolongado acompañado de fuertes espasmos en el ano y vagina.

Con las fuertes contracciones de ella, los cuatro hombres también se corrieron.
Recibió con gran placer toda la leche de ellos por todo su cuerpo; en la boca, culo, vagina, toda ella se encontraba llena de semen, sudor y sus propios jugos vaginales.

Se sintió muy cansada y pensó que ya iba a poder descansar, que tal vez ya su noche había terminado, pero se equivocó.

Estaba inmersa en su agotamiento y sus pensamientos, cuando sintió que le desamarraban los tobillos todavía sujetos a la plancha.
Era una mujer, que la conducía a darle una ducha y dejarla nuevamente lista.
Sin quitarle la venda de los ojos le lavó la cara que tenia toda escurrida de semen, le frotó los pechos con los pezones duros, sensibles y adoloridos por las pinzas y le jabonó todos sus orificios, ya adoloridos, con gran habilidad.

Con el baño, sin la lubricación de semen y jugos vaginales ella volvía a quedar bastante cerrada.

La mujer la condujo a la mesa redonda giratoria del tamaño suficiente para que Laura apoyara sólo desde el cuello hasta las nalgas. Quedaba con la cabeza semi colgada hacia atrás y las rodillas dobladas hacia arriba.

En esta posición le sujetó los pies abiertos, de manera que nuevamente quedaba totalmente abierta y para ser usada al capricho de todos.

Ahora le dejaban las manos libres, pero aunque tenía cierto movimiento en las caderas, no podía levantarse ya que le sujetaron el cuello a la mesa con un collar.
Escuchó, ya en esta posición que la mujer le ordenaba que la chupara.

A Laura nunca le pasó por la cabeza la posibilidad de ésta situación. Ella nunca lo había deseado, y en las ocasiones en que su marido Luis se lo había sugerido ella siempre rechazó esta posibilidad.

Conociendo su indefensa posición Laura trató de obedecer pero al primer contacto de su lengua con la vagina de la mujer, ella se negó a seguir.

La mujer giró entonces la mesa y comenzó a jugar con el cuerpo de Laura. Empezó a chuparle el clítoris, a morderle los labios, a meter los dedos profundamente en la vagina de ella. Pellizcaba y jalaba con fuerza de sus pezones, metía la lengua por su culo, lo fue abriendo suavemente y le metió 2 dedos y luego 3. Giraba los dedos dentro de ella.
Laura comenzó a sentirse muy excitada y agradecida con la mujer por el placer tan grande que le estaba proporcionando.

Entonces, ella misma, sin darse cuenta cómo, se ofreció para chuparle la vagina y clítoris y hacerla gozar en reciprocidad.

Era una sensación totalmente extraña y desconocida para Laura. Ella enloquecía mamando vergas, pero nunca había probado con una mujer.
La mujer, igual que ella no tenía bello, así es que era cómodo morder, chupar, meter la lengua. Laura comenzó a darle verdadero placer a esta mujer.

Mientras tanto, los hombres tomaban una ducha y un pequeño descanso.
Platicaban y planeaban entre ellos, donde Laura alcanzaba a oír el murmullo, pero ellos tenían a la vista lo que ella hacía.

La mujer se separó de Laura y se acercó a la mesita. Laura sintió algo grande, duro y frío que presionaba la entrada de su mojada vagina. No acertaba a adivinar qué era. Parecía un consolador muy grande, pero su textura y frío la hacían dudar.

La mujer que la estaba masturbando había preparado dos grandes pepinos bien fríos, uno más grueso que el otro. Aunque Laura estaba muy mojada y algo abierta por los dedos que la penetraban, no lograba aceptar en su interior ésta gran verga verde que trataba de penetrarla.

La mujer comenzó a chupar y morder el clítoris de Laura y a meter y sacar rítmicamente el pepino haciendo más presión cada vez. La sensación de frío de esta verga hacía a Laura sentirse más y más deseosa y caliente. Poco a poco la mujer fue logrando abrirla lo suficiente y meterlo casi en su totalidad.

Ahora tomó el segundo pepino con la mano izquierda mientras que tres dedos de la derecha los introducía, mojados de saliva, en el culo de Laura.

Era una sensación deliciosa para Laura. Físicamente estaba totalmente entregada y mentalmente ella deseaba más, pues sabía que le estaba preparando el culo para algo más.
Al sentir la mujer el culo de Laura suficientemente abierto retiró los dedos y comenzó a meterle el segundo pepino, que era más grueso que el primero.

Con gran habilidad la mujer comenzó a chuparle el clítoris y a hacerle presión en el ano y a meter y sacar la gran verga de la vagina.
Al fin entre quejidos de dolor y de placer Laura comenzó a comerse la gran verga por su orificio trasero.

Esta noche Laura había vividos las más intensas y desconocidas sensaciones de su vida. Placer y dolor extremos que nunca imaginó que pudieran llegar a excitarla a estos niveles.
Le habían sabido aplicar las dosis suficientes de dolor al punto de casi lograr quebrantar su voluntad y hacerla llegar a los límites, pero de pronto todo cambiaba y le daban a su cuerpo el placer más inimaginable que ella jamás pensó que podía existir.

Justamente se encontraba en un momento de quebranto de voluntad, cuando escuchó a los hombres acercarse hacia ella.

Le ordenaron nuevamente que tenía que mamarle a todos sus ya limpias, descansadas y bien paradas herramientas, pero ahora contaba con las manos y la boca, y para sorpresa de Laura, tenía que adivinar cuál era la de Luis, su marido, que todo el tiempo había estado ahí y era uno de sus cuatro verdugos.

Así fue como sucedió, todo había sido planeado por Luis. Él deseaba satisfacer todas las locuras y fantasías que Laura tenía, que él había creado en la mente y el cuerpo de ella.
Pues así, ahora ella tenía que reconocer el gran instrumento de su marido, de lo contrario, recibiría 30 cuerazos con un cinturón.

Mientras ella mamaba y se esforzaba con boca y manos por reconocer a su marido, los demás hombres mordían y jalaban sus pezones y su clítoris, sacaron los pepinos que ya dejaban a Laura lista para lo que le esperaba, y en su lugar fueron metiendo sus hermosas vergas duras.

Laura sintió el delicioso calor de una de ellas penetrando su culo. Era una sensación deliciosa, pues el dolor que le causaba el gran pepino terminó de inmediato y ésta era adecuada al tamaño de su orificio trasero.

Aunque Laura se esforzaba y trataba de concentrarse, no lograba adivinar cuál era la de Luis.
El tiempo se le acabó y era el momento de cumplirle el castigo.
Le desataron la correa del cuello y de los tobillos. La bajaron de la mesa y obligaron a agacharse sobre su estómago en un pequeño taburete con las piernas abiertas.

Todavía con los ojos vendados Laura fue castigada personalmente por Luis, quien hasta había apostado que su mujer sí sería capaz de reconocerlo, como ella siempre le había dicho. Le propinó 30 cuerazos en las nalgas y piernas.

Después de esto, fue llevada a una cama amplia, donde al fin pudo recostarse.
Estaba adolorida de todas sus partes y con las nalgas y piernas enrojecidas, pero nuevamente estaba muy excitada.

Los mismos cinturonzazos la habían hecho excitarse más, sobre todo cuando la punta del cinturón rozaba su entrada vaginal, cosa que Luis hizo con gran frecuencia e intención.
Ya en la cama, uno de los hombres se acostó y los otros clavaron a Laura en la verga.
Luis quedó parado frente a ella con su gran instrumento en su boca y así comenzaron a excitarla, manosearla, a hacer que se mojara y pidiera más.

Le metían los dedos por el ano, entraban y salían y cambiaban posiciones, chupaban su culo y frotaban su clítoris.

Cuando Laura empezó a pedir con desesperación que se la cogieran por el culo, se colocó uno de ellos y la penetró, ella sintió delicioso y comenzó a moverse rítmicamente al paso de ellos, de pronto sintió una gran presión en su orificio trasero ya ocupado, cada vez más intensa y con gran dolor, casi insoportable, y comenzó a pedir que se detuvieran, pero no estaban dispuestos a hacerle caso, ésta era la prueba final para ella y la iban a forzar a vivirla, para esto la habían preparado por tantas horas.

El cuarto hombre siguió presionando fuertemente la entrada de su culo, hasta que al fin logró penetrarla también.

Estaba siendo cogida por cuatro grandes vergas; una en la boca, que era la de Luis, él siempre la había querido ver así; otra estaba clavada en su vagina y dos por el culo, y una mujer frotaba y pellizcaba sus pezones y su clítoris.

Ahora sí sentía que iba a reventar su culo, sentía gran dolor y un tremendo placer.
Con todas estas sensaciones y caricias ya no pudo aguantar más y se corrió con una intensidad como nunca en su vida sintiendo grandes contracciones vaginales y anales y una oleada obscura pasaba por su cabeza, su respiración era tremendamente agitada, estaba toda sudada, su vagina empapada al igual que su culo y no quería que su intenso orgasmo terminara.

Sin embargo, los hombres no se corrieron, así es que Laura seguía recibiendo vergas por todas partes.

Agotada como estaba tenía que seguir respondiendo con su boca y caderas al movimiento rítmico de los 4 hombres, así la mantuvieron por un largo rato otra vez, hasta que se excitó tanto que deseaba volver a venirse.

Con las caricias y pellizcos de su clítoris y todos penetrándola, alcanzó otro orgasmo de la misma intensidad que el anterior. Después de tantas horas de ser cogida y usada de tan diferentes maneras, en estos momentos ya enloquecía y gritaba de placer y movía su cuerpo frenéticamente recibiendo y dando todo lo que podía.

En esta ocasión sus espasmos hicieron que los hombres se corrieran en su ano, vagina y boca, quedando totalmente abierta, llena de semen y escurriendo por todos sus orificios.
Finalmente, le ordenaron que tenía que masturbar a la otra mujer hasta hacer que se viniera.
Sin poner ninguna objeción, se aplicó intensamente y cumplió con su tarea con gran habilidad, chupándole y mordiéndole el clítoris, metiendo y sacando los dedos al mismo tiempo en su culo y vagina, succionando sus labios, metiendo su lengua por ano y vagina, tocando los pezones, jalándolos y pellizcándolos.

Así, hasta que la mujer se corrió intensamente, agradeciendo a Laura su gran dedicación para complacerla.

Se quedó profundamente dormida por espacio de 12 horas, cuando despertó empezaba a anochecer y estaba en su cama acostada.
Cuando logró abrir los ojos Luis le dijo „¡Qué putita eres Laurita, me encantas!“.
Y así fue como Luis le dio a Laura el mejor regalo de su vida, un regalo que nunca iban a olvidar.

Ella aprendió a conocer y manejar el placer más intenso acompañado de dolor intenso. Estuvo por renunciar varias veces, pero finalmente logró conocer sus límites y saciar su necesidad de ser cogida en todas las formas inimaginables por 4 hombres, 3 de los cuales nunca vio.

Lluvia dorada con Bianca

Me había ido a dormir temprano, la baraúnda, los golpes y las maldiciones que acompañan al camión de la basura me despertaron. Cuando levanté la mano y toqué mi frente, me di cuenta de que estaba empapada, mis cabellos bañados, liándose entre ellos en formas caprichosas sobre mis ojos como hiedra sobre la pared. Mi piel calada, engomada a las sábanas convertía la cama en algo angustiosamente acuoso. Era una de esas noches de verano en Barcelona singularmente tropicales, cuando las paredes arden, transpiran y su aliento cálido devora el aire del interior de las viviendas. Me asomé a la ventana buscando un poco de aire fresco, mojando de sudor un alféizar que no había conocido ni la humedad del agua ni la proximidad de una bayeta desde que me había trasladado hacía un año. El camión había desaparecido llevándose con él a la pequeña horda de tártaros dementes que lo alimentaba. De él tan solo quedaba un eco de cachiporrazos y un motor que se alejaba, un rumor sordo disipándose en el interior de las callejas de Ciutat Vella.

Asomado a la ventana miraba sin ver la calle desierta, alumbrada por la luz pajiza de las bombillas de sodio de las farolas, adormecido por el ronroneo del tráfico en el Paral·lel, cuando un repiqueteo presuroso interrumpió mis ensoñaciones. Por un extremo de la calle aparecieron un par de travestís cabrioleando con prisa por una de las aceras, encaramadas en equilibrio inestable sobre brillantes zapatos con finos tacones de aguja. Lucían vestidos de vivos colores, terminados en escuetas minifaldas que, incluso en la distancia, realzaban apeteciblemente la rotundidad de sus culitos. Uno de ellos, una „mulatona“ azabache de melena dorada, debía medir cerca de un metro noventa, tenía una hechura espléndida y bajo sus musculadas piernas de defensa central, los tacones se clavaban con poderío sobre el cemento de la acera. La otra travestí, que casi quedaba oculta bajo la sombra de su colega, mediría poco más de uno setenta, sin embargo, realzado por el blanco de su vestido, su cuerpo era la esencia concentrada y purificada de la lascivia. Me desvelé instantáneamente y desde la altura en que me encontraba me sentí fascinado por la perfecta cadencia de sus nalgas bamboleándose a uno y otro lado con frenesí, intentando mantener el paso, casi volando sobre la acera.

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Sin dudarlo, de un solo salto, desde la ventana entré en el dormitorio, me puse una camiseta de algodón, unos tejanos viejos, cogí la cartera y las llaves de casa y bajé trotando las enormes y solitarias escaleras hacia la puerta de entrada principal. En el silencio de la noche me asustaba oír el estruendo de mis propios pasos saltando los escalones de dos en dos. Intenté alcanzar a la pareja antes de que llegaran a la Ronda Sant Antoni. Quería tantearlas con alguna ocurrencia, preguntarles si estaban dispuestas a acompañarme a mi apartamento – por supuesto, si mi presupuesto me lo permitía -, y, quien sabe, si no llegábamos a un acuerdo, quizá obtener uno o dos besos de regalo. Sin embargo, no había descendido lo suficientemente rápido. La calle estaba tan yerma y muda como antes. Cuando llegué hasta la esquina, ellas habían desaparecido. Supuse que tenían que haber cogido un taxi y estarían yendo hacia una conocida discoteca del centro de Barcelona, preparadas para iniciar la velada.

Desalentado, volví a subir a casa pensando que debía sosegarme lo suficiente para poder volver a dormir. Quizá miraría la televisión, quizá jugaría con el ordenador, o me abandonaría a la casi-vida virtual, o quizá escucharía algo de música y, casi con toda seguridad, me masturbaría con desesperación, en fin cualquier cosa que me serenase. Pero, mientras subía sudando los inacabables peldaños de la escalera, tramo tras tramo, la visión del delicioso balanceo del culito de la travestí más pequeña no abandonaba mi sobrecalentado cerebro. Cuando abrí la puerta de mi apartamento y volví a sumergirme en el viciado aire caliente que parecía abrasarlo todo, lo decidí: iría a follar con él esa noche, costase lo que costase. Sin pensarlo busqué las llaves del coche, fui al „parking“ y me dirigí al „Di-ver-ti-do“, acelerando al máximo, sin respetar ningún semáforo, intenté llegar antes que su taxi.

Al entrar en el local, en la penumbra interrumpida por las luces multicolores no pude distinguir ni la melena vikinga de la grandullona ni a su apetitosa acompañante. Era la una y media de la madrugada y otras doce o trece travestís estaban ya en la sala, meneando con salero sus lindas posaderas al son pegadizo de la música de sevillanas. No obstante, lo excitante que pudiese resultar la imagen, yo ya había hecho mi elección esa noche. Puesto que podía tardar en aparecer, resolví sentarme frente a la barra y a pedir una cerveza. Después de la primera cerveza y su consiguiente ración de ritmos andaluces, vino una segunda acompañada esta vez por los grandes éxitos de los años setenta, y después una tercera, adornada con ritmos caribeños, pero, después de las tres cervezas y la mixtura de ritmos cargantes, mi princesita seguía sin aparecer.

Estaba ya descorazonado, pensando en „desahogar mi lujuria“ en compañía de cualquier otro de los travestís que pululaban por el local, cuando ella entró en la discoteca. Tan solo abrir la puerta, debió darse cuenta de mi interés, ya que dio un rodeo para pasar junto a mi. Al pasar, me miró sonriendo y rozó mi pierna de una forma muy discreta. Mi polla comenzada ya a alborotarse con alegría dentro de mis calzoncillos. Los otros clientes de la barra, que a esa hora ya estaba abarrotada, parecían no haberse dado cuenta, concentrados en tararear el último éxito de Enrique Iglesias, asesinando cruelmente un inglés ya de por sí moribundo.

En un segundo pase, la menudita todavía se acercó por detrás y me pellizcó el muslo. Era la invitación que necesitaba. Cuando la miré mientras se alejaba, ella me hizo un gesto inequívoco con la cabeza para que la esperase fuera. Llamé la atención del camarero lanzándole un beso con los labios, pagué la cuenta y salí tras ella. Una vez en la calle, entré en mi coche y, al ponerlo en marcha, ella se coló por la puerta del acompañante. Con solo mirar sus ojos supe que aquella noche no habría ternura, que no habría un beso en la frente, ni un mimo, ni una caricia. Supe que ella me perdería en un océano de vicio, sin una brizna de dulzura.

Bianca Fox – este, era su nombre –, cuando ya habíamos abandonado la calle Tusset y volábamos hacia mi apartamento, desabotonó la parte superior de su vestido, de modo que pude admirar sus pechitos. Parecían de una chiquilla de trece o catorce años y me hicieron recordar los tiempos del colegio, cuando jugueteaba con tetitas muy parecidas. Mientras meditaba sobre esto, su mano se deslizó hasta mis muslos, buscando un modo de abrir la enrevesada botonera de los tejanos. Allí, mientras conducía de forma delirante mi coche, sacó mi polla, se inclinó sobre ella y comenzó a acariciarla con su boca y lengua. La lengua era de terciopelo, lamía con tanta suavidad, y su boca estaba tan caliente que en un momento me sumergí en un mar de sensaciones. Delante de mis ojos, entre los faros traseros de los otros coches, las luces de los semáforos y las imposibles motitos de los repartidores de pizza a domicilio, comenzaron a centellear nuevas lucecitas. Empecé a sentir una serie de pequeñas descargas eléctricas y mi polla comenzó a alzarse aparatosamente. Ella me miró a la cara y sonrió con picardía, yo cerré los ojos para permitirle que siguiera, al tiempo que mi pie presionaba el acelerador, y la sensación que tuve cuando volvió a chupar me hizo pedirle que parara antes de que me corriera en su boca allí mismo o acabáramos con la mitad de la flota móvil de „Tele-Pizza“.

No sé si fueron mis súplicas entrecortadas o la visión fugaz de su propia vida lo que hizo que estuviese de acuerdo. A partir de ese momento, y mientras cruzábamos la Gran Vía a más de noventa kilómetros por hora, empezó a acariciar mi pene con suavidad, conduciéndome a una sensación más relajada. Cuando entramos como una exhalación en las angostas calles de la Ciutat Vella, aún no había conseguido reducir lo suficiente la velocidad como para afrontar el primer giro con garantías suficientes de salir con vida, así que pisé con fuerza el freno y las ruedas aullaron sobre el asfalto caliente. Busqué un hueco donde estacionar, con tanta fortuna que dejé el coche aparcado en el único paso cebra del barrio.

Abandoné el coche en aquel lugar, sin preocuparme del futuro próximo. Subimos a mi piso y en cuanto cerré la puerta la tomé entre mis brazos, y la besé en los labios. Su lengua se movía con maestría, y sus manos, dotadas cada una de ellas de voluntad propia, se paseaban sobre mi cuerpo con violencia. Me cogió por el pelo y estiró mi cabeza hacia abajo, llevándola a su entrepierna. Me coloqué de rodillas, levanté su faldita retirando con dificultad la diminuta braguita que llevaba y pude comprobar por su pene oscuro en erección y la pequeña mancha que había dejado en la tela de la braga que ella estaba tan excitada como yo. Sentí el calor del pene desnudo de Bianca y toda la dureza de ese palo cerca de mi cara. El aroma salado y acre a sexo que despedía era embriagador.

Tomé su rabo con toda la delicadeza de que fui capaz y comencé a acariciarlo con los labios y la lengua: primero con el extremo de la lengua, la punta del pene y el meato, con un movimiento circular, muy, muy pequeño…después me deslicé con mi lengua hasta el pliegue del prepucio, recorriéndolo también en círculos… todo muy lentamente. En ese momento Bianca se apoyaba contra la puerta de entrada, gemía ruidosamente y continuaba estirándome el pelo con tanta fuerza que los ojos se me llenaron de lágrimas. Descendí con la lengua ensalivada por el balano hasta llegar a sus testículos perfectos, aterciopelados y redondos. En ese momento abandoné la delicadeza anterior y de un solo golpe, introduje su polla en mi boca hasta que su vello púbico, teñido de rubio, golpeó contra mi nariz, sintiendo ese sabor y ese olor que tanto me gustan.

Bianca se apartó de mí bruscamente y me pidió que la dejase ir al baño. Cuando se lo mostré me ordenó que me arrodillase delante suyo, mientras ella se situaba de pie frente a mí. Con las dos manos apuntó hacia mi su polla erecta y mientras la miraba boquiabierto empezó a orinar sobre mí en un gracioso arco dorado. Aquello me encantó. En un tiempo eterno sentí las gotas doradas de lluvia resbalar por mi cara, mi pecho, sobre mi vientre y mi propia verga. Cuando hubo acabado volví a lamer su polla, limpiando con la lengua las últimas gotas bruñidas que resbalaban sobre aquel tubo ardiente. A continuación me ordenó:

¡Date la vuelta, la frente en el suelo, las manos en la espalda y las palmas hacia arriba!

Hice lo que me pedía y quedé con la frente sobre las baldosas calientes del cuarto de baño, encharcadas por los meados de Bianca. Noté el calor acuoso de su lengua sobre mis nalgas. Podía sentir como se paseaba con lentitud y la humedad de su saliva. En pequeños círculos descendió hasta mi culo e introdujo la lengua con facilidad, una y otra vez, follándome sin piedad con ella. En un momento se separó y masajeó el esfínter, preparándolo, luego introdujo un dedo poco a poco con movimientos circulares, lubricándolo con su saliva. Aquel dedo entraba y salía con una suavidad celestial. Mi agujero se fue relajando, y en muy poco tiempo permitió el paso de dos dedos.

Yo humedecí mis dedos con saliva y me lubriqué la polla con ellos. Cuando noté que su nabo intentaba abrirse paso dentro de mi culo comencé a acariciarme el capullo, sentía entrar su verga con suavidad y mi culo se abría ante la invasión sin oponer mucha resistencia. Miré hacia atrás y contemplé una escena gloriosa: el cuerpo moreno y delicado de Bianca, bañado en sudor, se arqueaba hacia atrás, de forma que proyectaba hacia adelante aquel rabo fogoso, que yo notaba desaparecer rítmicamente entre mis glúteos. Sus manos se apoyaban y acariciaban mis costados, mi vientre y mis nalgas. Dirigí mi mano libre hacia atrás y agarré sus cojones, que golpeaban mis nalgas cuando su polla alcanzaba la máxima profundidad.

Bianca poco a poco aumentó el ritmo, el ímpetu de sus envites, la fuerza con que sus manos golpeaban mis nalgas que estaban en carne viva, y el volumen de sus gemidos, que ya se debían oír en toda Ciutat Vella. Con una potencia sobrehumana empujaba mi cuerpo que se deslizaba con las piernas muy abiertas sobre las baldosas orinadas. Yo seguía masajeando mi polla, aguantando aquella embestida feroz, y ya estaba a punto de explotar y descargar catarata de semen cuando Bianca, aullando, clavó sus uñas en mis nalgas, y sentí las convulsiones de su corrida en mis entrañas. Se quedó de rodillas, con el culo apoyado en sus talones, la cabeza gacha, totalmente extenuada, y con cara de haber dado todo lo que tenía dentro. Yo aún tenía munición en la recámara y la retención había sido excesiva. No podía continuar resistiendo. A pesar de mis esfuerzos me corrí con salvajismo. El chorro de semen se disparó contra mi pierna, se deslizó y, finalmente, se mezcló con los orines del suelo. Las contracciones de mi orgasmo estrangularon rítmicamente la polla de Bianca dentro de mi ano y pude escuchar un suave gemido cuando esas convulsiones exprimieron las últimas gotas de leche de su polla.

Noche con las amigas

Cuando aún no ha pasado. Imagino lo que va ha ser un fin de semana inolvidable desde el mismo viernes noche hasta el domingo por la noche, nunca había durado tanto el juego, y nunca fue tan intenso, pero antes de contaros todo lo que sucederá os hablare de él y de mí.

Él tiene 30 años, 1,75 m. Pelo castaño y constitución normal, es mi Amo, aunque no siempre fue así, yo tengo 27, mido 1,60 m. Soy morena, un poco rellenita, a él le gusta así, y soy su esclava sumisa, aunque no siempre fue así.

Nos conocimos hace mucho tiempo, y comenzamos a salir como amigos al principio, como pareja después durante dos años, relaciones normales si bien con algún juego erótico y morboso, nada de esto pasó por nuestra imaginación, un día él rompió la relación, me dejó, lo pase muy mal, y pensé que nunca más volveríamos a estar juntos, así fue un tiempo, pero tres años más tarde, reiniciamos la amistad, y ahí comenzó todo.

Durante el tiempo que fuimos pareja, yo fui dejando que me pidiese cosas y a la vez complaciéndole, recuerdo una mañana que me acompañó al centro comercial donde yo trabajo, y en el coche estuvimos acariciándonos antes de iniciar el turno de tarde, ese día yo iba de representante de una marca de salchichas, llevaba un uniforme rejo, con una minifalda muy corta, bien, pues en el coche me quitó las bragas, nada anormal, estábamos mareándonos a base de bien, anticipando una noche loca, pero cuando ya me iba a trabajar se negó a dármelas, y tuve que irme sin ellas y estar ocho horas imaginando que todo el mundo sabía que no llevaba nada bajo la mini, lo pase fatal, pero me dio mucho morbo y esa noche cuando nos volvimos a ver hicimos el amor sin siquiera quitarme el uniforme, desde entonces muchas veces más me hizo ir sin ropa interior, al principio no me gustaba la idea, ahora deseo que me lo pida, me encanta.

En otra ocasión, lo que me pidió fue que llevase un portaligas o un corpiño, nunca antes había usado prendas de ese tipo, pero le complací, me hizo exhibirme para él, estábamos en un descampado, cuando se cansó de mirarme, me bajo la braga a las rodillas, yo me la iba a quitar, pero me dijo que no, que la dejase ahí y caminase, yo no me atrevía notaba el elástico que me tiraba en las rodillas y me sentía mal, peor que desnuda, pero me obligó, me dijo que o lo hacía o me daría unos azotes, me pareció que lo decía en serio y como pensé que solo sería un momento lo hice, pero me hizo caminar bastante, para delante, detrás, ahora para, ahora sigue, me hizo fotos, y cuando pensé que todo había terminado, hube de repetir todo, pero con las bragas en los tobillos, lo que aún molestaba más al caminar, y parecía que me iba a caer en cualquier momento, lo pase fatal y como le dije que no me había gustado y que no lo haría más, me gane mis primeros azotes, que no me gustaron nada.

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Después de esa experiencia, pensé que no me volvería a pedir más juegos eróticos, aunque reconozco que cuando meditaba a solas sobre lo que habíamos hecho me excitaba y deseaba seguir adelante, pero me equivoque por teléfono me ordenó, ya no me sugería ni me pedía, ya me ordeno, llevar el conjunto de liguero, bien, sin problema, pero además debía llevar el pubis afeitado o depilado completamente, puse el grito en el cielo, nunca lo había hecho ni lo haría, su respuesta fue que además fuese sin bragas, no que me las quitase allí donde quedamos, no, que fuese sin ellas directamente, le dije que estaba loco si pensaba que lo iba a hacer, me contestó que si iba a la cita sin obedecerle, me ganaría una azotaina, y que mejor era que no fuese siquiera si no le obedecía y que eso daría por terminada nuestra relación, me colgó.

La cita era dos días después, lo pensé mucho, y decidí aceptar, pero fui con las bragas puestas, tanto me obsesione con el afeitado del pubis que se me olvido quitármelas, llegue al lugar de la cita y él estuvo muy amable, no hacía ademán de desnudarme, nos tomamos algo, hablamos de vaguedades y de repente me preguntó si llevaba las bragas puestas, de golpe recordé que me había ordenado quitármelas, le dije que sí, por mantener el momento y pensando que como lucía un conjunto nuevo de liguero que incluía unas tangas preciosas no le molestaría sería una sorpresa, seguimos charlando, entonces me indago sobre el depilado, le dije que si lo había hecho, pero note queme ponía roja como un tomate, él me pidió que me levantará y se lo enseñara, le dije que más tarde, „ahora mismo“, me dijo en un tono que no dejaba lugar ala duda, salte como si me hubiesen puesto un resorte, me plante ante él y me subí la falda, no hizo nada vio la tanga y me miró, movió la cabeza, lo recuerdo, y con mucha delicadeza empezó a quitarme ropa, pensé que había olvidado lo que me pidió de ir sin bragas, cuando me quitó la falda y la tanga, me dejó con una blusa y medias y zapatos, entonces levantó la blusa y contemplo como había quedado mi coñito afeitado, le gustó aunque me indicó que lo quería siempre así hasta „nueva orden“, y mejor depilado, yo no dije nada, pero de repente me miró y me interrogo si o había entendido, le dije que si, y me pregunto si me habían dolido los azotes del otro día, también le dije que sí, y sin mediar palabra me inclino sobre sus rodillas y antes de empezar y pese a mis protestas me dijo, „Pues con estos no olvidaras que cuando te digo que vayas sin bragas has de hacerlo“, y comenzó a darme azotes en el culo y en las nalgas, yo me retorcía y protestaba, pero es más fuerte que yo y me dio hasta que se harto, cuando termino, yo estaba furiosa, me sentía fatal, él sentado allí mirándome y yo sin poder evitar llevar mis manos a mis doloridas nalgas, pensando que quien se creía que era para tratarme así, chillándole de todo, él tranquilo riéndose, le dije de todo que no le vería más que era un cerdo pervertido, entonces él, sin decir nada se levantó y se acercó, yo no quería saber nada, quería vestirme y marcharme, pero me besó y si al principio no acepte, poco a poco, cedi, hicimos el amor, tuve extrañas sensaciones, el culo me ardía, el pubis me picaba irritado, me había afeitado con una cuchilla normal, pero estaba excitadísima, al finalizar, esperaba que él me pidiera perdón en lugar ello el me confesó que le había gustado mucho azotarme y que le encantaba que le obedeciera, que cada vez me pediría más cosas, yo pensaba que iba dado.

Un tiempo después, el se fue de la provincia, me dejó de un día para otro, lo pase fatal, pero a los dos años de no saber nada, un día me llamó, hablamos y alo largo de la conversación en que hablamos de todo, derivamos a nuestras experiencias eróticas, y me dijo que quería verme de nuevo en el mismo lugar que la noche del afeitado, así la llamábamos, y en las mismas condiciones o ya sabía lo que me esperaba, yo le dije que se ahorrará el viaje, que estaba enfadada con él, que bastante hacía cogiéndole el teléfono y si pensaba que iba a ir a un descampado con un liguero y el coño afeitado iba dado, él solamente me dijo el día y la hora y colgó.

Estuve varios días dudando, la cita era unas semanas más tarde cuando él regresará, al final, decidí ir, pensando que él no lo recordaría, efectivamente, no estaba, pero mientras me fumaba un cigarro recordando aquella noche, y pensando que era una tonta, llegó su coche, me estremecí, pero pensé que no iba a pasar nada, cuando salió por la portezuela, temblé, seguía igual, un poco más rellenito, al verle acercarse, pensé, bueno hoy no llevó las bragas, no me azotará, y con ese pensamiento me di cuenta de que deseaba que pasase lo que vino a continuación, tuve que exhibirme para el, mi coñito perfectamente depilado le encantó, me preguntó mil cosas, hicimos el amor, en un momento dado regresó a su coche y me dio un paquete pequeño, me dijo que era mi regalo pero con una condición debería aceptar una practica que a él le encantaba, mientras habría el regalo, el haría spanking conmigo, no tenía idea de que era eso, pero dije que sí, el regalo era un libro, „Historia de O“, y el spanking ya lo sabéis todos, me azotó de nuevo, pero está vez me lo imagine al ver como me hacia colocar y acepte pues muchas noches había recordado aquellos primeros azotes y me había excitado mucho, no diré que me gustó, pero no proteste como la vez primera, incluso le prometí reiniciar nuestra relación y hacer lo que me pidiera para complacerle, hay se inició todo de nuevo.

Hoy, os resumo la situación, voy sin bragas siempre que no tenga el periodo, el depilado lo hago semanal con una crema especifica, la semana que no me azota, lo extraño, he llegado a darme palmetazos yo, me lo hace con la mano, con una varita de bambú, con palas de ping pong, con sus cinturones, que hacen mucho daño, nunca es excesivo pero me deja un par de días marcas, he firmado un contrato de sumisión que otro día os enviare, he posado para fotos y películas de vídeo suyas, solo para los dos haciendo de todo, he descubierto que me encanta hacerle mamadas y tragar hasta la última gota, que me gusta ser humillada, castigada al rincón, azotada, y exhibirme para él, un día me obligó a abrir al chico de las pizzas vestida solo con medias, zapatos, corpiño negro, cofia y delantal, muy pequeño, porque a veces soy su criada, me llamó mientras atendía al chico para que pudiese ver mi culo rojo de azotes, lo pase fatal pero estábamos en otra provincia, y una vez hecho estaba excitadísima, me gusta estar atada para él, me obliga a ir desnuda o casi conduciendo por carreteras, a ser su esclava en una palabra, y me gusta.

Antes de terminar os diré, que como título de este relato, escogí „Noche con las amigas“, porque este viernes salgo con compañeras de trabajo y amigas, me ha dado permiso, pero ya me adelanta lo que me espera, al llegar me desnudará, menos las bragas, me atará a la cabecera de la cama por las muñecas, bajará las bragas a las rodillas, las dejará ahí, y me azotará, después me hará el amor, posiblemente me encule, le encanta hacerlo hace poco que lo hemos descubierto, se que abre de hacerle felaciones en cuanto ponga ante mi boca su pene, solo me soltará para ir al baño, así estaré desde que llegue el viernes hasta el domingo, pero el sábado por la tarde él a quedado con una amiga en casa a ver una película, no sé lo que pasará, pero os digo una cosa, estoy deseando llegar a casa el viernes después de salir con las amigas, ya os contare más. Muchos besos de Sumisita.

El infierno

No se como me encontré de noche en aquel lugar ni como llegué hasta allí. Nunca había estado por esa zona de la ciudad pero necesitaba experiencias nuevas y esperaba conseguirlas.

El caso es que encontré una luz de neón que indicaba con una flecha una puerta bastante siniestra con unas escaleras que bajaban hasta un lugar de apariencia tétrica. Luego supe que estaba próximo al infierno.

Encendí un pitillo, aspiré profundamente y me aventuré hacia el fondo sin pensármelo dos veces.

El lugar era oscuro, entre tinieblas y luces tenues, el ambiente bastante cargado de humo y de olores que no pude identificar. Y aunque no podía ver apenas nada si pude presentir la presencia de otras personas. Casi estaba a punto de dar media vuelta cuando una mujer madura, un poco gorda me dio la bienvenida a su local con una amplia sonrisa y me invitó a una copa en la barra.

No sé que contenía aquella copa, solo sé que al terminarla mi mente se separó de mi cuerpo, como si yo ya no fuera yo misma y viera la escena de lo que ocurría desde otra perspectiva.

La mujer se acercó y de la mano me llevó al centro de una especie de pista de baile con un gran foco de luz iluminando un taburete. Yo la seguía como una autómata.

Una vez en el centro, pude ver un montón de hombres rodeando la pista en las tinieblas, en completo silencio y siguiendo sin perderse ni un solo movimiento nuestro.

Si darme cuenta, la mujer hizo que me inclinara hacia adelante sobre el taburete apoyando mi vientre sobre él en una postura de lo más indecente. Ni siquiera me resistí.

De pronto unas poderosas manos masculinas me agarraron las muñecas y las ataron a las patas, abriéndome a continuación las piernas y atándomelas también. Yo seguía ausente, dejándoles hacer.

A partir de ese momento todo sucedió salvajemente rápido. La mujer me desgarró fieramente la blusa, dejando que mis tetas colgasen por delante del taburete y empezó a golpearlas para que se moviesen saltando y bailando delante de todas las miradas. Mis pezones se endurecieron como nunca a la vez que ella los pellizcaba con las uñas y tiraba fuertemente de ellos hacia abajo estirándome las tetitas como si quisiera ordeñarlas. El dolor que me causaban sus manotazos, sus pellizcos y sus tirones empezaba a gustarme y a excitarme hasta el punto de que empecé a gemir mientras mi coño se humedecía, y mis blancas ubres iban adquiriendo un tono rosado a medida que las iba golpeando.

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Otras manos me desabrocharon los pantalones y me los bajaron de un tirón junto con las bragas hasta los tobillos, dejando todo mi coño mojado y mi blanco culo a la vista de todo el mundo.

Aunque me sentí humillada, la sensación de estar expuesta a cualquier vejación que quisieran hacerme y el interés que despertaban mis partes más intimas a toda aquella gente me encantó.

Los expertos y gordezuelos dedos del hombre comenzaron a tirar de los rizados pelillos del coño hasta que algunos de ellos quedaron entre sus dedos. Luego abrieron mi sexo y tirando de los labios hacia los laterales como si fueran tan elásticos como la goma mostraron a todos aquellos hombres mi agujerito más intimo ya completamente dilatado y chorreando fluidos producidos por la excitación. Primero introdujo el dedo índice, luego otro dedo entro en el hasta terminar con cuatro dedos de sus gordas manos metidos hasta el fondo de mi coño y moviéndose como si quisiera arrancarme las entrañas girando la muñeca para hacer la cavidad más y más grande.

Sin poder explicarlo mi cuerpo temblaba y se convulsionaba involuntariamente. Me sentía cada vez más excitada al verme así totalmente desprotegida, expuesta como un animal en una feria. Notando que el hombre intentaba vender un producto sexual para el goce y disfrute de unos salvajes que a saber lo que podrían hacerme y sin importarle ni un ápice mi persona. Levanté la cabeza y vi a todos aquellos hombres con sus pollas en la mano frotándoselas, endureciéndolas, mirándome así, atada y vulnerable y sentí placer. Placer por ver aquellas enormes, brillantes y coloradas vergas dirigidas hacia mi.

De pronto, alguien puso delante de mi cara una enorme y rugosa polla de goma. El tamaño era desmesurado de largo y de grosor, tanto que no podría existir en la realidad un modelo semejante; dejando aparte aquellas protuberancias que recorrían todo su tallo. La introdujo en mi boca para que la lamiera. Casi no me dio tiempo a saborearla cuando como si se tratase de un puñal me la clavó de un golpe seco en el coño hasta el fondo. Grité de dolor y casi me desmayé, pero la bruja de las uñas largas estaba allí pendiente de mi para que no me perdiera ni un minuto de conciencia y pudiera darme cuenta de todo lo que me estaban haciendo, así que me apretó los pezones fuertemente como si fueran espinillas para que sobresaliesen todavía más. Ya los tenia a punto de reventar, doloridos e irritados, casi en carne viva, entonces me colocó dos pinzas de tender la colada pero metálicas y volvió a golpearlos para verlos saltar con las pinzas colgando y retorciéndolas brutalmente arrancándome gritos, aullidos, lágrimas y haciendo que por primera vez me rebelase y luchase contra mis ataduras para poder salir de allí corriendo.

Mientras las pinzas se me clavaban en la carne, el hombre movía la súper polla de goma dentro de mi; primero en amplios círculos para que mi chocho se abriera más aun y dejando que mis fluidos resbalasen por ella a la vez que me lubricaba; luego sacándola suavemente y volviendo a clavarla con una fuerza brutal con el peso de su propio cuerpo que hacía que a cada golpe de polla me balancease peligrosamente sobre el taburete hacia adelante y estuviese a punto de caerme si no fuese porque la mujer me empujaba hacia atrás por los hombros para que encontrase de nuevo el objeto que con el que me estaban apuñalando el chochin.

Las lágrimas de dolor resbalaban por mis mejillas sin que yo pudiese evitarlo para mayor júbilo de mis verdugos y del resto de los asistentes. Los oía jadear a mi alrededor.

Pensé que ya no quedaba mucho para que me soltasen, pero fui demasiado ingenua, ya que todavía quedaba otro agujero. Uno que nadie nunca había osado penetrar, uno que yo no había dejado que nadie explorase jamás. MI CULO!!! aunque aun mantenía la esperanza de que se olvidasen de aquel agujero virgen.

Todavía con la polla de goma clavada hasta lo más hondo de mi chochete, noté una sustancia fría y resbalosa en el culo. No pude evitar un estremecimiento al imaginar lo que me esperaba. Las manos que ya me habían poseído con tanta brutalidad el coño separaron mis nalgas hasta el límite de su elasticidad con lo que el agujero del culo se abrió ligeramente. Un dedo caliente penetró en el hasta el nudillo sin ningún tipo de consideración hacia mi dolor y poco después otro vino a hacerle compañía para hacer presión uno hacia un lado y otro hacia el lado contrario para abrirlo más, dejando ver una profundidad cavernosa, oscura brillante y sugerente sin límites.

Mientras la mujer me separaba las nalgas hasta casi desgarrarme la raja y dándome fuertes palmadas en el culo que como mis tetillas también se iba poniendo cada vez más rojo, el hombre me metía sus gruesos dedos en el agujero abriéndolo y cerrándolo, escupiendo sobre el e introduciendo su propia saliva dentro. Al cabo de un rato de esta tortura para mi ojete introdujo un instrumento metálico que no supe identificar y como si fuese unas tenazas lo abrió y lo tensó de tal manera que hizo que se abriese enseñando por fin el ojete en todo su esplendor.

Creía que quería romperme el culo salvajemente debido a que aquel musculo que separaba el ojo de mi culo con el agujero de mi coño y que servia de puerta de entrada se volvía cada vez más elástico, como vencido y dado de si y sobre todo enrojecido, a punto de desgarrarse y romper definitivamente la frontera de unión entre los dos agujeros.

Pero esta vez aquel hombre fue más delicado. Saco aquellas tijeras planas de el y poco a poco entre cachetes y abriendo y juntando otra vez mis nalgas se fue dilatando, aunque no demasiado teniendo en cuenta su virginidad.

Entonces me di cuenta de que no quería abrirlo en exceso. Una sorpresa esperaba a los espectadores y si estaba demasiado abierto el placer de meterme sus pollas o lo que quisieran por el culo sería menor. Así que el muy desgraciado cogió unos cubitos de hielo bastante grandes y me los metió a presión por el agujero que ya me había hecho para que la sensación de frío volviese a cerrarlo y así poder empezar otra vez la sesión con más brutalidad. Enseguida mi calor interno deshizo el hielo, provocando que un hilo de líquido saliera resbalando por mi culo hacia mi coño siguiendo por mis piernas.

Sentí como se presentaba una cagada urgente y como preámbulo un enorme y silencioso pedo salió de mi culo. El contraste de mi calor interno con el frío hielo hizo que una gran mierda líquida con algunos grumos saliese a borbotones por el ojete. Mi esfinter ya no me obedecía y por más que intentaba apretar el culo y cerrarlo la mierda seguía cayendo y resbalando por mis muslos.

La vieja fue la única que se rió de toda la concurrencia, y por debajo del taburete vi como se embadurnaba los dedos en el charco de la cagada que yo misma había creado y acercándose a mi boca hizo que se los limpiase con la lengua, mientras el hombre con una fusta me seguía castigando el culo.

Me golpeaba las nalgas, el ojete y el coño con furia, como si estuviese cabalgando una potranca y dejando marcas rojas a cada golpe.

El dolor no me dejaba pensar, ni gritar ni tan siquiera intentar liberarme. Mi cuerpo permanecía fláccido como el de una muñeca. Estaba humillada completamente.

Otra vez la mujer al cuidado del dolor dejara que permaneciera con mis sentidos alerta me colocó la tercera pinza. Esta vez en el clítoris. El dolor se hizo casi insoportable porque esta pinza apretaba más, pero la muy puta sabía bien hasta donde puede llegar el límite de las fuerzas y del aguante humano, y la retorció lo justo para sacar de mí un alarido que excitó todavía más al público asistente al espectáculo. Otra vez estuve al borde del desmayo, pero de pronto una suave corriente recorrió mis pezones y mi chocho y pude saber que las pinzas que tenia enganchadas en mis tetitas y en el coñito estaban enchufadas a un pequeño generador eléctrico que a partir de entonces soltaba descargas eléctricas con una intensidad que dependía de mi grado de conciencia. Cuanto más cerca del desvanecimiento me encontraba más fuerte era la descarga que se hacia aun más intensa en cuanto que mi cuerpo estaba empapado de sudor y fluidos sexuales.

Unas nuevas pinzas en forma de torniquetes estaban destinadas a mi coño. El hombre pellizcó mis labios mayores y apretó cada una de las tuercas fuertemente. Tenía que hacerlo así ya que de ellas pendían unos contrapesos que hacían que mis labios vaginales se estirasen hacia abajo y quedasen completamente colgantes. De un brusco empujón la polla se escondió en mi chochete casi completamente. Un nuevo alarido surgió de mi reseca garganta. Por el dolor de la embestida y porque aquellos pesos balanceándose hacían que mis labios vaginales se balanceasen y penduleasen mientras seguían estirándose cada vez mas.

Ya no quedaban mas que mis labios menores, completamente empapados y sonrosados. Las ultimas pinzas eran igual que las otras, solo que terminaban en unas abrazaderas de piel en forma de argollas. La misma operación se repitió. Volvieron a apretar las tuercas, esta vez un poco mas fuertes porque estos labios estaban tan lubricados que resbalaban y con las correas alrededor de mis muslos tensaron hasta que mi chocho quedo abierto en toda su rojez. Estas últimas pinzas que me colocaron terminaron de abrirme el chochin para que la polla pudiese entrar hasta casi perderse dentro. Volvió a empujarla hacia el interior y esta vez entro hasta el final. Debía tener unos 30 cm de largo por unos 7 cm de grosor, y solo podía verse su base como un tapón cerrando mi cueva. Todo mi interior ardía y se expandía y rodeaba aquella monstruosidad haciendo una presión descomunal hacia las paredes vaginales.

Entonces de repente pararon de manosearme, por lo que deduje que se preparaban para otra fase de su show, y claro, vino lo que tenía que venir. Pretendieron subastar mis agujeros y mi cuerpo entero, pero a estas alturas los viciosos hombres estaban tan salidos que la puja iba a ser interminable, por lo que fijaron un precio para todos y establecieron los turnos en que cada uno gozaría de lo que quedaba de mi.

Como última fase del juego me enseñaron una especie de cadena de bolas de diferentes tamaños que iban de menor a mayor desde el tamaño de una bola de golf a una bola de billar o de tenis. Al oído me susurraron que me las iban a meter todas por el culo hasta la garganta. Ni siquiera pude gritar, y como habían prometido comenzaron a cumplir la amenaza.

Mientras la mujer me daba latigazos con una fusta sobre mis nalgas el hombre las separo ligeramente y apoyo contra mi esfinter la primera bola y presionó fuertemente para que entrase a mi caverna. Las tres primeras bolas, las mas pequeñas, apenas las note, pero luego fueron haciéndose más y más grandes y la presión que tenían que hacer para que cada una de ellas entrase a través de mi pequeño agujero era mayor, y el espacio que quedaba dentro de mi culo era menor, con lo que me sentía completamente llena, teniendo en cuenta también que la polla del coño presionaba la delgada pared que lo separaba del ano. Pensé que iba a reventar por algún sitio, que me iban a destrozar los intestinos o el útero, a rasgarme el musculo del ojete o a arrancarme literalmente los labios de mi coño.

Creo que llegué a contar ocho bolas en total metidas dentro de mi culo y la última de ellas introducida de un golpe seco juntando las dos manos sobre ellas y empujando con todo su peso, pues ya mi ano no daba para más elasticidad y tuvieron que forzarlo. Después fue hábilmente empujada hacia las profundidades por el mango de la fusta que me estaba latigando, de manera que aun dejaba espacio suficiente para que cualquiera de los observadores pudiera todavía meter su polla hasta chocar con las bolas e incrustármelas aun más.

Así ofrecida a la concurrencia; con las tetas bailando y los electrodos enganchados, los pezones enormes a punto de estallar, la polla clavada hasta el fondo visible por su base únicamente por la brutal separación de los labios y un sugerente agujero oscuro con un trocito de cadena visible que enganchaban las bolas en su interior para prepararlo para el mayor deleite de los clientes uno a uno los mirones se fueron acercando a mi. Unos metieron su polla bestialmente en mi culo, chocando con las bolas que se iban hundiendo cada vez mas adentro mientras sentía que algo en mi interior se me desgarraba y aullaba de dolor.

Otros me la metieron en la boca, que aun estaba manchada con la mierda reseca y empujaron hasta la garganta con una fuerza inimaginable que casi me hace vomitar allí mismo; otros se limitaron a mover la polla que tenía clavada en el coño, llegando incluso a tirar de ella hacia arriba para hacer más hueco y meterme otra polla, esta vez de verdad en el mismo agujero en el que pensé que no cabria ni un alfiler. Notaba como los huevos golpeaban contra mi pobre coño haciendo un ruido de chapoteo.

Entre el público había incluso algunas mujeres, que no se diferenciaban con los hombres por ser mas delicadas, sino que su brutalidad no solo se equiparaba a la de ellos. Ellas podían ser todavía mas bestias ya que querían introducir su mano completa en mi culo; creo que alguna o alguno lo consiguió, porque notaba el agujero rasgado, completamente lleno con un puño que movían en círculos dentro de mis entrañas que se convulsionaban intentando cerrarse sin éxito, lo que les producía mayor excitación al notar el calor y la humedad que les rodeaban el puño.

Algunos metieron la mano abierta y se dedicaron a explorar mi interior con sus dedos, pero todos, tanto ellos como ellas golpeaban mis tetas con sus manazas cuando acababa su turno y tiraban de las pinzas con saña como si quisieran arrancarme los pezones y dejarlos colgando del extremo de las pinzas mientras se colocaban delante de mi cara terminando de masturbarse fieramente mientras me gritaban lindezas como „puta, zorra de mierda, sucia perra, guarra“ y lindezas semejantes.

No sé cuanto tiempo pasé así humillada, ultrajada y utilizada ni cuantos hombres gozaron de mi cuerpo violado, y sodomizado, aunque debieron ser muchos y en realidad yo nunca llegue a negarme a lo que me hacían. Yo ya no era yo.

De pronto fue como si una ducha de líquido caliente y viscoso me inundase el cuerpo ya de por si empapado en sudor, y supe que la lluvia de leche de todos aquellos tipos estaba cayendo sobre mi. La cantidad de crema era tal que goteaba por las patas del taburete hacia el suelo, y de mis tetas parecía salir autentica leche que hacia que mis pezones heridos escocieran como cuando a una herida abierta le echas sal.

Alguien me agarro fuertemente del pelo y me levantó la cabeza, mientras me obligaban a abrir la boca, y otro chorro de leche tibia, amarga y grumosa entró en mi boca atragantándome.

Se que cuando todos y cada uno de ellos se hubieron corrido sobre mi espalda alguien me retiró las pinzas que martirizaban mi cuerpo entero y tiró de la polla que aun seguía incrustada en mi y de la cadena hasta que la última bolita salió bestialmente del culo terminando de desgarrar la abertura. Una oleada de frescor me inundo por dentro, haciendo que tuviera el mayor orgasmo de mi vida, y por fin soltó un gemido de autentico placer.

Entonces me encontré sola, bañada en leche, destrozada con todo el culo roto, impresionantemente abierto como la boca de un túnel imposible de cerrar por mucha fuerza que hiciera. El coño enormemente dilatado, dolorido y colgante, como el de una becerra que acabase de parir un buey y los labios vaginales completamente estirados, unos irritados pezones que habían triplicado su tamaño y su grosor y miraban hacia arriba de unas tetas enrojecidas, fláccidas y más colgantes que nunca, completamente deformes; planas y aplastadas contra mi vientre como las de una vieja de 70 años. Aquellas tetitas que antes eran tan firmes y redondeadas. Los pezones antes erectos y enhiestos ahora yacían al final de aquella masa informe de musculo y tenían el tamaño de una canica, pero estaba por fin desatada en medio de una pista de baile vacía y oscura.

No se como llegue de nuevo a casa, pero una vez allí y dispuesta a ducharme me di un vistazo en el espejo y al ver a aquella mujer reflejada, unas lagrimas calientes resbalaron por mi rostro. No podía dar crédito a que aquello fuera mi cuerpo.

Me duché, y aunque antes me gustaba acariciarme en la ducha esta vez fue una autentica tortura notar la monstruosa deformidad de mi cuerpo. El culo seguía sin cerrarse y el coño me colgaba asquerosamente, luciendo las calvas que me había hecho aquel animal al arrancarme varios mechones de pelos.

Cuando me vestí fue peor. Me puse primero las bragas, observando con horror como los labios vaginales sobresalían por los laterales, de modo que entre sollozos tuve que cogerlos con las manos y juntarlos uno encima del otro para poder cerrar el agujero y que entrasen en la estrecha base de las bragas. El culo antes prieto ahora temblaba como un flan y las nalgas antes juntas ahora estaban separadas dejando todavía ver toda la raja con aquel negro agujero todavía ensanchado.

Intenté ponerme el sujetador, pero parecía que había encogido varias tallas, así que también uní mis tetas y como pude las introduje dentro de aquella minúscula pieza, pero rebosaban por todas partes sobresaliendo por encima de la tela. Los pezones no quedaban a la misma altura uno del otro, por lo que tuve que colocarlos también lo mejor que pude viendo como su enorme tamaño estiraba la tela y me era imposible disimularlos ya que la tela cedía a pesar de que ya no estaban tan duros como antes.

El simple roce con aquellas apretadas prendas intimas hacia que todo el cuerpo volviera a escocerme, mas cuando ahora ya no me servían y estaban a punto de estallar por aquella masa de carne que a la fuerza tenia que sujetar.

Paso el tiempo y mi cuerpo no se recupero totalmente, aun quedan secuelas de aquella noche y aunque no podría repetir esa experiencia jamás, y a pesar de que sigo pensando que mi cuerpo nunca volverá a ser el mismo de antes tampoco podría decir que no disfruté de ella, y hoy todas mis fantasías se reducen a recordar aquella noche en la que descendí por una escalera hasta la antesala del infierno. En mi vida sexual ya nada volvió a ser como antes de esta experiencia y nada volvió a satisfacerme plenamente. Ahora todo me parece demasiado suave. Tal vez tenga que volver a salir al encuentro de nuevas experiencias, pero….. Quedará realmente alguna NUEVA experiencia para mi?